Tango

"Lunfardo, Idioma del Tango"



Lunfardo, Idioma del Tango

Contratapa 3ª edición: 


DICE JOSÉ A.MARTÍNEZ SUÁREZ, 

CINEASTA Y EX PRESIDENTE DE LA ACADEMIA PORTEÑA DEL LUNFARDO.


El habla cotidiana suele cambiar por imperio de alguna moda aunque,  mayormente, por invenciones urdidas para ampliar la  comunicación. Y el lunfardo de los argentinos, que según Eduardo Pérsico es “junto al tango los dos perfiles más relevantes de nuestra identidad, no los únicos pero sí los más visibles”, es un fenómeno jergal irrepetible en otros grupos sociales, en cuanto este duende coloquial y divertido mantenga intacto su carácter de “código entre dos para que no se entere un tercero”.

Esta sucinta definición del lunfardo resume, quizá, vigentes polémicas sobre qué significa parecernos y ser idénticos los  argentinos. Nadie desconocería hoy el sentido de apoliyar, mina o bulín, voces ya incluídas en el primer diccionario lunfardo, publicado en 1894, y aunque en su origen esa jerga fuera privativa “de la gente de mal vivir”, previo al glosario con más de mil doscientas voces lunfardas, Pérsico nos explica como esa calificación apresurada obedeció a que los primeros interesados en la materia eran vinculados al quehacer policial y carcelario. 

Y también nos ilustra que la difusión y permanencia del lunfardo en el habla de los argentinos es un fenómeno ligado más a la literatura que a la delincuencia. De modo diferente a cuanto aconteció con otras jergas dialectales, las voces de la lunfardía se instalaron en toda la sociedad por persistencia de las letras de los tangos, en su mayoría, y la poesía popular editada durante un siglo, donde hubo autores renombrados y muchos desconocidos; algunos recuperados aquí. 

Además, el procedimiento para difundir estos recursos de comunicación, el conocimiento de los mismos y el tratamiento ameno  que Eduardo Pérsico, - narrador y poeta, según Borges “un reo que escribe para intelectuales”- le otorgó a un tema habitualmente árido, nos asegura un trabajo didáctico y de utilidad nada frecuente. Simplemente, un libro brillante.                




DE JOSÉ ANDRÉS RIVAS, DOCTOR EN LETRAS DE LA UBA. 

CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA ARGENTINA DE LETRAS.

No abundan los intelectuales que logren explicarnos con el conocimiento y la soltura de Eduardo Pérsico, a propósito del Tango,  el Lunfardo y otros perfiles de esa manifiesta identidad.

Al comienzo habrán sido dos hombres en una calle del suburbio, o la necesidad de pasar un secreto de modo que ningún otro  pueda entenderlo. Una frase oída y luego cambiada o modificar un nombre porque la palabra usada no servía o no alcanzaba. Los orígenes pueden haber sido muchos y que las expresiones después se confundieran y formaran ese lenguaje marginal  no en los libros pero sí en las palabras cotidiana. Con el paso del tiempo los eruditos las aceptarían y serían corrientes en el comercio lingüístico de nuestra tierra, si al fin el lenguaje está en la calle y no sólo en los diccionarios y las enciclopedias.

Aquí el autor define al Lunfardo como “un código entre dos sin que se entere un tercero”, y esta definición sugiere un juego  lenguístico de dobles significados, de escabullir y mostrar otra moneda para que alguien se lleve la equivocada. Y de esto sabe mucho el autor, ya que su largo ejercicio en el cuento y la novela se basa en decir lo que no digo, falsificar y confundir al lector; para llevarlo por otro camino y también darle testimonio de una vida y un tiempo del que no podemos escabullirnos. 

En última instancia, de ser nosotros mismos, porque más allá de las disenciones y los apremios, el Lunfardo es todo eso: pasión  por las máscaras, devoción por las palabras heredadas y después modificadas o deformadas; ejercicio de transgresión basada en una profunda exaltación del individuo, su derecho a decir que no y poner mala cara. Si a ésto se agrega la frecuentación de los textos de Jorge Luis Borges y de la figura de Borges, a quien Pérsico le dedicó un cuento ambiguo y delicioso, (Laberinto de Gardel y El Inglesito) se explica en parte porqué escribió este diccionario.

Las demás razones tienen que ver con la fascinación por el Tango y al final de su prólogo remeda el chanchán de nuestra música  ciudadana. La experiencia es muy simple: basta con pedirle a cualquiera que haga la onomatopeya musical del dos por cuatro y repetirá el mismo chanchán. 

Signo valioso en una época  en la que al Tango lo deforma la gente que viene de otra música, o que quiere modernizar a Mozart o  a Bach, “hacerla fácil” como diría un entusiasta del Lunfardo, olvidando que entre otras virtudes, ellos tomaron la precaución de que su música fuera inmortal. Y cualquiera que se acercó alguna vez al Lunfardo sabe muy bien que esa música, el Tango, y aquel lenguaje fueron siempre juntos como una pareja que mueve airosamente las “tabas” al mismo tiempo.

Eduardo Pérsico recuerda una anécdota de Nicolás Olivari, que también se le atribuye a Roberto Arlt: de que crecieron en un  suburbio fabril y no tuvieron tiempo de aprender el Lunfardo. La respuesta es sutil, ingeniosa y no exenta de justificaciones. El problema consiste en que el Lunfardo no es sólo una forma de decir y de nombrar la realidad para que sólo los iniciados la reconozcan, no sólo es un lenguaje marginal, secreto y grosero unido a lugares y conductas de mala fama, sino también una forma de vida. 

Aestas razones se debe su permanencia en el tiempo, su empecinamiento en meterse en la vida de todos los días. En este  terreno son, somos, muchos los iniciados. Antes provenían del malevaje, del mundo marginal, la vida rea y prostibularia que se resistía a ser absorbida. Ahora está en todos como la sangre y los huesos, o en esa forma de amar, tener y sentir que poseemos sin saber de donde viene porque se apoderaron de nosotros desde siempre.

La razón puede ser también el absurdo de querer hacer un país y una ciudad que se parezca, y no se parezca, a ese país sobre  una pampa sin límites que parece no tener orillas. De este afán de exiliados y nostálgicos de otras tierras que quisieron que ésta fuera la suya. De su esfuerzo por recordar una patria que habían perdido y que con el paso del tiempo ya no era la misma. De la rebeldía para nos ser devorados por los hombres que se dicen mejores y más cultos...    

Calle, suburbio, marginalidad son algunos de estos rostros. La tentación de un lenguaje secreto de hacer que el tercero no  entienda porque el asunto es entre nosotros dos y el deseo de ser quienes somos en la forma de nombrar las cosas de todos los días. De todo ello está hecho el lenguaje que Eduardo Pérsico, - un escritor notable para cualquier informado-  recoge en este estudio casi informal y nada presuntuoso, pero seriamente ilustrativo.   

Las palabras de su Ensayo minucioso y certero nos acercan a un hombre de la intelectualidad que también conoce el lunfardo, y  es consciente sabedor de que ese lenguaje nos hizo así y hoy sería tan imposible como insoportable cambiarlo. Basta con leer sus Crónicas del Abandonado, El Infierno de Rosell o Nadie muere de amor en Disneylandia para entender mejor la autenticidad de este escritor sobresaliente.

                        Doctor José Andrés Rivas. (UBA)

               
                
                
Y si vieras la catrera como se pone cabrera cuando no nos vé a los dos. Pascual Contursi. (Mi Noche Triste, 1915).     


 ... has rodao como potrillo que lo pechan en el codo, engrupida bien debute por la charla de un bacán. Celedonio Flores. (Audacia, 1925)    


Cuando rajés los tamangos, buscando ese mango que te haga morfar... Enrique Santos Discépolo. (Yira, Yira. 1929).



Del Lunfardo al Tango y su Literatura.           

UNA COMUNICACIÓN DE  PERSONA  A  PERSONA.

El lenguaje articulado se fue desarrollando en el hombre según se viera obligado en aproximar ideas con sus semejantes. Eso que  comenzara con onomatopeyas imitativas de la naturaleza, constituyeron el sustrato del lenguaje; y mucho más acá en el tiempo, cuando por el años 1492 llegaron los navegantes descubridores de América para la cultura europea, los que habitaban estas playas no difundieron la noticia con movimientos corporales o señales de humo: lo expresaron con sus palabras que consolidadas por la reiteración, transmitían ideas y conceptos.

Tal vez primarios, pero de choza a choza y de un margen al otro de los ríos, los naturales de por aquí nombraron la aparición de los navíos extraños usando algún mecanismo de lenguaje apropiado para reducir cualquier pensamiento a su manera más sencilla. Luego, la adopción del castellano por nuestras latitudes pertenece a una constante histórica, en cuanto quien sostiene el poderío técnico y económico siempre asume imponer su propia cultura adonde llega, que paulatinamente irá modificando las particularidades de cada pueblo.

Entonces por ahí se nos ocurre que una comarca como la nuestra, que no puede orientar la técnica ni la economía del planeta,  quizá logre identificarse practicando alguna gimnasia del ocio y acaso, una buena manera de ejercitar la identidad de los argentinos exista en el Lunfardo, un código para  comunicarse entre dos sin que se entere un tercero.

Estos renglones algo simplistas que expuse en la Biblioteca Nacional de Madrid a propósito de un encuentro sobre el idioma  castellano, en 1987, bien pudieron sumarse al pesquisar del ser nacional de los argentinos, ese territorio donde ambiguamente se entreveran serios estudiosos del habla coloquial con furtivos cazadores que sin compromiso ni rigor, disparan cada tanto algún escopetazo y si aciertan, mejor así.

Es bien sabido que en el ámbito de las expresiones populares abundan apresurados en nombrar y calificar todo, temerarios de los  que alguna vez se encargara Nicolás Olivari, (La Musa de la Mala Pata) que al ser preguntado si hablaba Lunfardo – según escribiera Jorge Calvetti - contestó “vea, yo nací en Villa Luro en el año 1900, cuando aquello era un suburbio.

Frecuenté el trato de obreros, ex presidiarios, las prostitutas y atorrantes que eran mis vecinos, y no he tenido tiempo de aprender eso”. Esta misma definición de Olivari también es atribuida a Roberto Arlt, (Los Siete Locos, Los Lanzallamas, El Amor Brujo), y por ser ambos dos escritores fundacionales de la literatura de Buenos Aires, la autoría nos atrae menos que la aguda respuesta.

De todas maneras, el mismo Arlt supo valorar más a fondo este fenómeno dialectal en una polémica que mantuviera con algunos  académicos alrededor de 1940: “este fenómeno  nos demuestra hasta la saciedad lo absurdo que es pretender enchalecar en una gramática canónica, las ideas siempre cambiantes de los pueblos… 

Ysi le hiciéramos caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos, y en progresión retrogresiva, llegaríamos a la conclusión que, de haber respetado al idioma aquellos antepasados, nosotros, hombres de hoy, de la radio y la ametralladora, hablaríamos todavía el idioma de las cavernas”.  

Es innegable que el lunfardo empezó siendo una lengua "de la gente de mal vivir"; por dar una definición facilonga, y que al ir  perdiendo su secreto delictual se convirtió en un guiño de comprensión popular más allá de sus primeros cultores, pero nadie discute que este léxico sintético ha sido, esencialmente, un  medio entre pocos para despistar a otros.

El argot constituye un habla rápida, espontánea que brota de una manera natural... en vocablos y expresiones que acuden fácil y  prestamente a la lengua”, dice Mario E.Teruggi en Panorama del Lunfardo, Sudamericana, 1979. Y bien vale comentar que durante los años de 1970, cuando recrudeció la irresuelta y feroz interna de los argentinos, en los distintos grupos actuantes se abrían y cerraban efímeras contraseñas ajenas a quien no participara de verdad.

Humberto Costantini, quien recreara el lenguaje coloquial de Buenos Aires en su libro En la Noche  durante su exilio en México,  supo ver que entre perseguidos y perseguidores existían tantos lenguajes como grupos; y bien vale decir “un código entre dos”. Esto, anecdótico, bien podría extenderse a la variedad de profesiones y actividades con jerga propia, aunque respetemos expresamente que el habla de un pueblo es un sistema artificial de signos que se diferencia de otros sistemas de la misma especie, y cada lengua tiene su teoría particular, su gramática y principios que hacen a un idioma.

Eso que significa peculiaridad, naturaleza propia, índole característica, donde cada lengua tiene su fisonomía y sus propios giros  que no impiden las particularidades dentro de cada una. Hasta aquí todo bien, pero sin caer en purismos, idolatrías ni supersticiones con nuestra lengua madre, sabemos que lunfardías aparte, en la Argentina hablamos castellano, según su gramática nos entendemos con el mundo y eso no queremos modificarlo.   


               

LENGUAJE, IDENTIDAD Y CULTURA


El lenguaje nos permite visualizar la diferencia entre Civilización, - lo instrumental de la realidad, el gran continente de toda   manifestación- y la Cultura, que resume la vocación estética del sujeto y acaso, su sensibilidad peculiar y creativa como un ser comunitario.

La Civilización, la razón instrumentada, cristaliza y estratifica el lenguaje mientras la Cultura lo desaliena y modifica en expresiones  “contraculturales”; una calificación siempre efímera si pensamos en tantas variaciones estéticas generada en la contracultura y luego devenidas en clásicas.

Y para  apreciar mejor al lunfardo como una sólida arista de la identidad cultural de los argentinos, vale recuperar un párrafo de Radiografía de la Pampa, 1933, de Ezequiel Martínez Estrada: “psicológicamente puede ocurrir a un idioma algo peor que subdivirse en dialectos y es cristalizarse en sus formas al tiempo que  se limita y amputa.

En el dialecto vive el alma local, el paisaje vernáculo; en el idioma extenso o superficial la palabra desfallece hasta que se reduce  el número de términos”. Y prosigue: “la actitud desafiadora del compadre, el insulto, el neologismo de la jerga arrabalera son formas vengativas, afiladas y secretas de herir.

Ese oculto rencor contra una lengua de filiación paternal que no nace con uno de la misma madre, puede haber conducido a  dos  formas de escribir y hablar”. Hablar al revés, al “vesre”, es una forma patológica del odio cuanto no de la incapacidad.

No pudiendo hablarse otro idioma, desdeñándoselo cuando se lo habla, para el trato social e íntimo de todo género se invierten  las sílabas de las palabras con lo que el idioma, siendo el mismo, resulta ser lo inverso”.

Hasta ahí la cita de Martínez Estrada, un precursor de la psicología social en la Argentina, aunque en ese mismo tono conceptual  afinó Juan José Hernández Arregui más tarde en ¿Qué es el Ser Nacional?, de 1963, al decir: “la lengua ejerce una acción coercitiva y regularizadora del grupo. La cultura está litografiada en su lengua y las variaciones idiomáticas se ejercen desde el pueblo.

Ya Platón lo había comprendido, - ajeno al término Identidad - que el pueblo es excelente maestro en materia de idioma, y que la lengua como la cultura, eran un hecho social”.   
  


 LOS  MERITORIOS  ESTUDIOSOS  INICIALES.

Los primeros interesados en la materia lunfardesca no coincidieron en su calificación inicial.  Algunos la estimaron una jerga  gremial del delito y otros no aceptaron ese límite al denominar el mismo ejercicio comunicativo con otro nombre. Benigno Baldomero Lugones lo llamó lunfardo; Antonio Dellepiane, criminal; Alvaro Yunque habló de un lenguaje arrabalero y Jorge Luis Borges, en El Idioma de los Argentinos, de 1927, expuso “el lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa”.

Aunque no haya duda que en su génesis este vocabulario fue delictual y del bajo fondo, lo constante en el lunfardo han sido su  intención burlona, caricaturesca y su activa movilidad de cambio. Se descuenta que lo dinámico es atributo de toda comunicación humana y particularmente en el lenguaje mejor se aprecia ese perfil; no hay quietud en ninguna expresión creativa pero la movilidad del lenguaje suele ser constante, y pese a la tarea de conservación de algunos fundamentalistas, ningún pueblo del mundo conversa en lengua muerta.

No pocas veces se dieron como vocablos de la lunfardía términos absolutamente transitorios, que aunque sirvieron al rebusque  ocasional para decir sin que se entere un tercero, no mantuvieron las forzosas horas de vuelo para perpetuarse en el imaginario popular. Mina, bulín, bacán o mishiadura, por ejemplo, han permanecido en varias etapas del hablar de los argentinos con mínimos cambios en su acepción y aunque la permanencia de uso pareciera una contradicción, podemos decir que las voces lunfardas deben “transitar” para convertirse en “clásicas”, aquello que orienta para dar clase y dicta la arbitrariedad del tiempo.

La comunicación se sustenta  en la reiteración y sin regularidad de uso el lenguaje pierde significado. Los vocablos merecen su  decantación, macerarse, deben transcurrir su espacio de solera para degustarlos al fin como cualquier vino placentero; “ropagrosa”, de uso despectivo al uniforme de los vigilantes extensivo a quien lo portaba, era común por los años treinta y desapareció del léxico arrabalero.

Otro ejemplo sería el difundido término “palo” durante la década de 1990, - equivalente a un millón de pesos, y “palo verde” si  se hablaba de dólares- que por brulotes financieros en el país como los ocasionados a fines del 2001 empezó a decaer y en pocos años ya era una expresión apenas concurrida.

Otro ejemplo: entre los adictos más contumaces al consumo de drogas, principalmente adolescentes, que al fin pierden su  capacidad pensante, al inicio del 2000 se los llamó “quebrados” o “reventados”, y a finales del año 2006 eran “limados”, “fisurados”, o “quemados”.

Si cualquiera de esos vocablos actuales, - como “tuca” al pucho de marihuana, o “tuquera”, al canuto de aspirarlo- perduran  durante cierto tiempo, se convertirán en valores en sí mismos y si caen en desuso pronto se olvidarán. En un reportaje que Paco Urondo le hiciera en noviembre de 1970 a Julio Cortázar, de paso por Buenos Aires, se originó el siguiente diálogo: ‘Cortázar, me llamó la atención cómo el otro día usted se interesó cuando yo dije la palabra “yeite”.

Y el otro respondió ‘claro, porque para mí era “guiye”. “Yeite” es una novedad’. (Anotamos que en ambos casos el significado es idéntico: “asunto fácil y beneficioso”) Y las  denominaciones del dinero, por ejemplo- sigue Julio Cortázar- la primera vez que oí la palabra “luca”, no supe porque en mi tiempo no se decía “luca”.

Estos datos ilustrarían ciertos avatares del lenguaje y en algún caso, de la economía, aunque por el categórico efecto de la  reiteración, por  fortuna al habitante de Buenos Aires una mina le sigue significando una  mina y un bulín es un bulín y nada más. Y de otra manera, no sería vida…  

De la génesis lunfardesca discutieron ya los analizadores de la propia jerga, validando que cualquier lenguaje “codificado para  entender limitadamente” debe inferir cierta complicidad igualadora de  condición y origen. Y por ser a ráfagas un recurso gremial exclusivo, el lunfardo de los argentinos, irónico, procaz, corrosivo o ambiguo, generó y sigue albergando siempre una humorada compinche; algo esencial del juego denostado en principio por irreverente entre los guardianes del idioma pulcro, que lo irían aceptando al entender mejor cada contexto temático. 

Calificar al lunfardo como un argot ejercitado sólo por la delincuencia, - que en principio lo curtiera para disimularse - es un error  alentado porque sus primeros estudiosos, aparecidos en la Argentina antes del 1900, fueron personalidades del fuero penal que no previeron en esos giros jergales una expresión literaria bien cotizada más tarde.

Benigno Baldomero Lugones, con dos artículos publicados en “La Nación” de Buenos Aires por 1879, hizo “la primera  descripción seria del mundo criminal” y ameritó estudiar “sobre los lunfardos y los ladrones en sentido amplio”, según los lunfardólogos Francisco Laplaza y Miguel Angel Lafuente.

Siendo escribiente policial Lugones había recuperado esta anónima cuarteta: “Estando en el bolín polizando se presentó el  mayorengo, a portarlo en cana vengo. Su mina lo ha delatado”; cuya acepción sería “estando en su habitación durmiendo se presentó el comisario: a llevarlo preso vengo, su mujer lo ha delatado”, algo menos divertido y didáctico al párrafo de donde surge que salvo mayorengo, en desuso hace tiempo por “Comisario”, bulín, (bolín); apoliyando, (polizando); cana y mina aún guardan vigencia en los años del dos mil.

Poco más tarde hallamos a don Antonio Dellepiane, abogado penalista y prolífico escritor, que en 1894 recopilara el primer diccionario lunfardo, El Idioma del Delito, y quien como B.B.Lugones se ocupara del tema metódicamente.

Acaso ese inicial enfoque de ambos sobre el habla de los marginales, suspendió por algún tiempo la homologación del Lunfardo  como un recurso más amplio al meramente carcelario, aunque al mismo tiempo esa jerga dialectal se convertía en una expresión literaria parecida a la gauchesca; una forma menos promocionada y también menos descalificada por los inmovilizadores del lenguaje.

Tanto que por 1965, José Gobello escribió  “el lunfardo literario, que corresponde llamar lenguaje lunfardesco, es patrimonio de escritores que jamás ejercieron la profesión del delito”, y al reeditarse El Idioma del Delito en 1967, Juan Cicco prologó lo siguiente: “El Lunfardo, jerga privada de la mala vida porteña cuando Dellepiane se entregó a descifrarlo, se caracterizaba por un tecnicismo profesional que hacía necesario rastrearlo en sus constantes avatares morfológicos y semánticos. 

Tales dificultades han desaparecido en parte desde que el lunfardo se extendió a casi todas las capas sociales y dio su denominación al habla corriente, cotidiana y familiar”. Dos certezas que implican por una parte la importancia que la jerga tuvo en las casas de inquilinato, o conventillos, abarrotados durante años de inmigrantes de diferentes lenguas y dialectos que descubrían en los novedosos giros un modo de fraternizar.

Además, los argentinos sabemos que si de verdad el Lunfardo fuera sólo un habla puramente delictual, no debería usarse  exclusivamente en los sectores menos pudientes... Pero bien, sin hablar del perfil delincuencial de las clases encumbradas en Argentina, en ese ámbito de inquilinatos, conventillos y márgenes más bajos aún ocupados por el proletariado harapiento prosperó con rapidez el lunfardo.

En sectores no cubiertos por el escaso mercado laboral de una economía precapitalista, como la nuestra a fines del diecinueve y  principios del siglo veinte, también aumentó la estadística del delito en términos alarmantes. Un emergente preocupante visto desde enfoques diferentes por los tratadistas, donde resultó indignante por su soberbia medieval La Bolsa, de Julián Martel, reeditada  en 1955.

Aunque también pensadores mejor rumbeados como Juan José Sebreli en Buenos Aires Vida Cotidiana y Alienación, de 1965,  en un renglón imprevisto por anteponer a su rigor conceptual cierta pose de adolescente revulsivo, el autor pontifica “el lunfardo devino luego en el lenguaje común del sector desasimilado que intenta la destrucción simbólica de la sociedad organizada, mediante la destrucción de su lenguaje”.

Que pese a sonar bien se desencamina de cuánto aconteció en verdad y Sebreli desestimó: ese pobrerío miserable nunca intentó  destruir “la sociedad organizada”, todo lo contrario, y tanto fue así que los hijos de esos mismos desarrapados se convirtieron en obreros y empleados que, sólo por sentirse iguales al resto y sin destruir el régimen injusto y aristocrático que los contenía, participaron de la movilidad social del país. Y por supuesto, usando cotidianamente términos de la lunfardía.



EXCESOS,  IDENTIDADES Y GENERACIONES. 

De cualquier modo, por carecer de estructura idiomática, prosodia, sintaxis y otras casquivanas que cautivan a los diccionaristas,  el lunfardo no resulta materia hábil para conversar ni ser escrita y es precipitado cualquier  “diccionario etimológico” que incluya términos transitorios entre los  escogidos.

El Lunfardo no permite describir ciertas sutilezas gestuales que exigen algunas expresiones y en otras jergas cercanas hallamos  ejemplos: el término Chabón para los argentinos al igual que Cara entre los brasileños y Huevón a los chilenos, significa casi siempre torpe, desmañado, desconfiable, pero según contexto o entonación, eso puede ir de lo cordial o admirativo a lo insultante y descalificador.

No debemos trasladar ligeramente las afecciones de las ideas a los accidentes de las palabras”, supo decir el venezolano Andrés  Bello (1781-1865) en su Gramática de la Lengua Castellana; y eso más tarde lo confirmaron quienes al intentar relatar íntegramente en Lunfardo sin atender la intención oculta en cada palabra, prodigaron unos trabajosos pastiches sólo comprensibles por el autor y sus amistades.

Al usarse de manera arbitraria el lunfardo se desvaloriza y deja de ser un enriquecedor del castellano: las expresiones y  pinceladas inoportunas desfiguran el cuadro y no sirven de nada; varios artificiosos letristas tangueros forzaron invenciones de trasnoche queriendo institucionalizar términos propios y al fin confirmaron algo bien debute y posta, (inmejorable): el Lunfardo según es una profunda expresión popular, no obtiene su mejor cuna y albergue en ningún laboratorio.

Asímismo, en el inadecuado uso de la jerga también tomaron parte los escribas de turno seducidos por este simpático duende  coloquial que por su ductilidad, ofrece astutas metáforas del reísmo popular para sintetizar cualquier relato; y no pocas veces al malversarlo echaron a perder un recurso que sin desactivar el lenguaje principal, – el castellano-  nos acerca de modo cómplice con lo más auténtico que guardamos los argentinos de Buenos Aires en nuestra entretela. Que algunos prefieren llamar  Imaginario Colectivo...  

El Lunfardo y el Tango son dos de los perfiles más categóricos de nuestra identidad cultural; no los únicos pero sí los más visibles,  sin duda; y esta certeza nos propone un rastro a seguir para que por ahí apunten sus armas otros cazadores mejor capacitados, como hiciera Ricardo Rojas en su libro Eurindia: “concibo a la nacionalidad como un fenómeno de síntesis psicológica, un yo metafísico que se hace carne en un pueblo y que halla su lenguaje en los símbolos de la cultura”. Una definición para entender mejor quiénes somos realmente.

Al origen y desarrollo del Lunfardo fueron vitales las multitudes llegadas a Buenos Aires desde 1860 a 1920. Por entonces los  inmigrados alcanzaron proporciones mayoritarias en nuestra población y alrededor de  1870 vivían en la ciudad 95.000 nativos y 93.000 extranjeros de distinto origen; en 1895 los recién llegados ya superaban a los nativos y alrededor del año 1920 las proporciones se igualaron en un nativo por cada extranjero.

Así entonces no podía esperarse que las herencias españolas y gauchescas de los argentinos; ya decadentes por un proyecto  agropecuario que excluía a los sectores sin tierra propia; permanecieran estables y rígidas. Y Alfredo Mascia, en Política y Tango, apunta que por entonces el compadre, personaje admirado y respetado habitante del orillaje por ser “macho, rencoroso, guapo; y una nobleza resabio del culto hispánico del honor”, era expulsado de su sitial por el progreso indetenible.

Y prontamente su prestigio tuvo imitadores en el compadrito, un sustituto cargado con cierta frustración por no alcanzar la personalidad y la proyección del compadre, que fuera dueño de muchas voluntades políticas y casi solitario, al que  tan bien describiera Borges al mentar a su conocido, don Nicanor Paredes

El escritor argentino Jorge Luis Borges más entrañable y autor del poema El Tango: “Aunque la daga hostil o esa otra daga, el  tiempo, los perdieron en el fango, hoy, más allá del tiempo y de la aciaga muerte, esos muertos viven en el tango”…Por otra parte, ahí la  Argentina se había convertido en un país inmigratorio y era natural que el grupo étnico de mejor asimilación haya sido el latino, mayoritario en número, aunque de varias maneras la sociedad existente se mimetizó para integrar a todos. 

Instancia política en la cual y pese a su constante  contradicción de criticar siempre el efecto sin atender la causa, durante ese  perído el Estado, como expresión del Poder, se mostró altamente eficaz en la asimilación de las migraciones y prodigó al menos, un punto de fusión para semejante avalancha muticultural: a la compulsiva pero sin duda eficiente escuela pública se sumó un discurso oficial a favor de una identidad nacional, quizá difusa, pero que se marcó subyacente en la imaginación popular. 

El Estado obligó a  la escuela pública, y acaso como una consecuencia no prevista ni buscada, brotó una sólida industria cultural  motorizada por la creciente clase media que cada día fijaba más intensamente sus pautas de conducta social.  

En general, la participación de los extranjeros fue muy alta en materia económica y aún social, - a través del matrimonio -  y  resultó baja y casi nula en la participación política”, dice Raúl Puigbó en "De la Colonia a la Inmigración", sin desechar que entre esa diversidad de gentío, cada uno pretendía imponer su propia característica  con más las diferencias entre viejos y jóvenes de los mismos grupos étnicos, cuyos descendientes agitaron un interés por acriollarse con los hábitos de la nueva tierra y marcar sus improntas de modernidad. 

Las diferencias entre los llegados de la misma región debe subrayarse en cuánto sin ostentaciones manifiestas, en todas las  vertientes inmigratorias brotó una confrontación generacional,  a veces silenciada, en tanto el contacto de personas iguales en edad que reconocían distinto origen y hábitos culturales ajenos, produjo novedosas expresiones comunes adecuadas para compartir y compañerear, si esto cabe. 

Por esos años, los hijos de los inmigrantes afirmaron un modo verbal que les propiciaba el mismo espectro comprensivo y cuya asimilación abarcó, digamos, entre 1900 y 1930; y cuando hijos y nietos de la inmigración se sintieron arquetipos de un estilo transgresor, bien que  disfrutaron convertirlo en punto de fusión de las distintas identidades. En un caldero donde juntos hervían latinos y eslavos, con musulmanes, católicos y judíos, era comprensible que el habla fuera la mayor expresión unificadora y superadora de barreras entre civilizaciones distintas. 

Entonces y sin adentrarnos si el lenguaje es un transformador de la realidad,  - otro debate más extenso - sólo diremos que  durante la primera mitad del siglo veinte en Buenos Aires el hablar lunfardo resultó un recurso desalienante y aglutinador para el gentío recién venido al hacinamiento de los conventillos, y el gran liberador de los cerrados precintos idiomáticos. Que no sería poca cosa.


              

LA PREEMINENCIA  ITALIANA.


En el período de 1900 a 1930, una cuarta parte de la población de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores del conurbano,  eran italianos nativos y sus descendientes.

Por debajo de ellos en importancia numérica,  otro quince  por ciento de la totalidad inmigratoria era una suma de andaluces, gallegos, catalanes, vascos y demás venidos de  España en la misma época. Allí la colonia italiana se manifestó muy seriamente en los hábitos y las costumbres nativas, y por ahí Francisco A. Sicardi, novelista de principios del siglo, dijo que cada tanto los “inmigrantes italianos daban algunos huéspedes al presidio y vocablos al caló del bajo fondo”. 

Este perfil no fue exclusivo de los italianos pero concede a quien ande rastreando los orígenes y rumbos de la comarca más  arrimada al Río de la Plata, una matriz italiana en la mayor parte de las voces lunfardas. Que existieran muchísimos términos con otra fuente es innegable,.

Pero veamos: al hablar Lunfardo se lo suele vincular siempre al origen y desarrollo del Tango, dos andariveles concurrentes a una misma identidad, aunque paralelos y separados, si atendemos a la indudable influencia musical andaluza que tuvieron los primeros Tangos, no mostrada tan hondamente en la jerga de sus letras. 

El poeta Julio Félix Royano, (Animal de Presa; Mururoa; Lunes de Dios) supo recordar a muchos napolitanos y calabreses de su  niñez en Lanús, y que a él, hijo de gallegos, lo divertía que el término “lunfardo”, en su concepción de ladrón y malviviente, nos viniera de “lombardo”. El corte a la última sílaba que los napolitanos daban a la palabra, igual a esos cantores que la sugieren para no desentonar- sonaba “Lum” por “Lom”  y el parecido a “F” por “B” es una inflexión a los italianos del sur. 

Igualmente, y sin ánimo de conformar a todos, anotemos que Domingo Casadevall, en El Tema de la Mala Vida en el Teatro  Nacional,  (Editorial Kraft, 1957) después de enumerar varios términos portugueses incorporados al habla, dice  “el lenguaje orillero y lunfardo propiamente dicho se fue bordando también con las voces populares usadas en la España de los siglos XVI y XVII”,  dando como ejemplos términos como “gayola”, “punto” y hasta “pinta”, con los similares sentidos  que hoy  le atribuímos.

Además, sobre la Vida del Buscón, de Quevedo, escribió el filólogo español Américo Castro  “sabido es que en el siglo XVI, en el  mundo de los pícaros se usaba una lengua especial con el fin de no ser comprendidos; de aquí el habla revesada que consistía en dar la palabra del revés y pronunciar grone por negro”. Y a quienes piensan que todo sigue igual les decimos que los argentinos del dos mil, por negro decimos grone...   

Las asimilaciones y sincretismos entre distintas culturas y concepciones del universo decidieron muchos perfiles del nuevo estilo, y  aunque haya contradicciones,  sugiere lo estéril que implica estratificar y congelar las identidades nacionales en el tiempo. “Nosotros somos así y los demás son los otros”  es apenas una apoyatura desechada cada día por la realidad histórica.


               ESE HABITUAL RECURSO COTIDIANO.                   

A través de generaciones el lunfardo obtuvo su permanencia y se sumó a casi todas las expresiones culturales contemporáneas.  Que no sea  de uso exclusivo de los argentinos podría discutirse, pero su vigencia en las etapas sociales de Argentina la tiene por su constante sesgo humorístico y juvenil; histriónico, caricaturesco.

Y al aporte de expresiones temporales que lo convirtieron en un auténtico fenómeno cultural. Ese ida y vuelta de lo lunfardesco a lo coloquial puede apreciarse en la absorción y repetición de sus voces en el sainete, el género teatral más popular,  y las letras de los Tangos.  

Muchos jergales del bajo fondo para gente de mal vivir fueron escritos, cantados y recitados hasta imbricarse y adherirse al  hablar cotidiano, y algo destinado a perpetuarse como efímera tradición oral al ser escrito se constituyó en tradición gráfica y en un método de permanencia y divulgación que no aconteció con las jergas de ninguna otra parte.

Los mejores recuperadores y recreadores del hablar lunfardesco al pintar con una frase o un término un contexto más amplio y  explicativo, - con intertextualidad incluida- a veces acertaron con tanta precisión que se proyectaron más allá de su contemporaneidad. 

Los mejores y más recordados letristas y poetas populares obtuvieron con decires exactos su trascendencia permanente entre los  argentinos, ya que desde “cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar”, de Discépolo, a otras expresiones ocasionales pero categóricas, los argentinos siempre hallamos un párrafo que nos comprende.   

No es ocioso abundar en las lunfardías en las letras del Tango pero antes de irnos diremos algo del sainete: al frecuentar la  temática nacional de la pobreza, la vida en los inquilinatos y las dificultades para la inserción social de inmigrantes y nativos, no existió sainete escrito por ese entonces que no incluyera un personaje parlanchín que pronto se popularizara. 

Y con ellos se puede apreciar un detalle sugestivo: estos personajes del sainete que solían expresarse en Lunfardo, de los compadritos a los cocoliches, nunca fueron malandrines consumados y salvando alguna picardía menor, todos ellos sostenían la defensa familiar, la autoridad paterna y las costumbres instituídas. 

Esas machietas predominaron en el teatro de los argentinos durante la época de mayor concurrencia masiva al espectáculo, - de  mediados del veinte a finales del cuarenta- verdadero auge de una manifiesta tendencia social que a su turno ironizara  Jorge LuisBorges, fiel a su modo, al decir que muchos intelectuales se acercaban los fines de semana a los teatros de la calle Corrientes para recibir una dosis de arrabal... Sin ilustrar lo dicho con parlamentos de las obras más representadas, transcribiremos opiniones que alumbrarán mejor los ámbitos y climas donde se movieron esos seres recién llegados al país.

Opina Luis Ordaz en Siete Sainetes Porteños, “allí están el drama, la acuarela nostálgica, la gracia que brota de los equívocos  por el uso de las distintas lenguas...los trazos claroscuros y violentos. Buenos Aires recibe a granel la materia prima que preanuncia su sainete, compuesta de seres humanos de los lugares más apartados del globo que se radican en nuestros conventillos y pueblan los aledaños de la ciudad”. 

Ricardo Rojas, quien entendía que el teatro es una manera de arte que no tiene vida completa sin el aliento popular, agregó   “una minoría culta puede llegar al goce de un teatro exótico, pero la mayoría sensitiva necesita del goce de un teatro propio que le represente el drama de su propia existencia”. Algo que remata Tulio Carella: “a los nuevos habitantes la tradición le es insuficiente para expresarse y a despecho de ella, introduce cambios y elementos estéticos que alteran su fisonomía”.        

El sainete enunció mejor que cualquier expresión los cambios en el estilo argentino de vida, y al europeo recién venido que por  laboriosidad,  profesión y ambición más desarrollada  iría desplazando al criollo.

Y en ese entorno no faltarían en segunda escena las multitudes de personas sin oficio, hambrientas, desesperadas y marginales que también acuñaron inflexiones para hacer comprensible la palabra, maneras de trato diferente y a veces, hasta un desplazamiento novedoso en el ritmo del caminar  exacerbado por el habitante argentino de la metrópoli. 

Y además de sustituír al compadre de características más pampeanas y ya condenado por la modernidad, el naciente compadrito que sin saberlo representaba la transformación visual de la comarca, debió generar también una ingeniosa y distintiva jerga de comunicación.    

   

LAS  VOCES  MÁS  DIFUNDIDAS.

                          
En el glosario de voces y expresiones que recogimos en letras del tango y la poesía lunfardesca, pretendimos incluír las  comúnmente más frecuentadas. Asimismo, no aventuramos calificaciones de indudable certeza sobre cuáles son términos propiamente lunfardos de origen o  lunfardescos con sus parientes neolunfardos, o con registro lexicográfico o etimología de rigor científico. 

Pesquisar toda esa contribución académica no correspondería a renglones que solamente aspiran a un entendible  ordenamiento de los vocablos populares más usados en la literatura de los argentinos. Y por no haber sido oficializadas por la escritura alguna vez, sentimos la ausencia de muchas voces del hablar común porque sólo seleccionamos entre las letras tangueras más apreciadas hasta el año 1950, salvo algún material posterior a esa fecha pero imprescindible a nuestro propósito.

En tanto que la producción cantable posterior a 1950 adolesce a menudo por extemporánea y artificiosa, cuando la pincelada   sustancial del lunfardo sobre letras del tango ya fuera aplicada – a veces, genialmente- en  la primera mitad del siglo veinte. Sabemos que por cierta persistencia temática y demostraciones seudo plebeyas, en todas las épocas hubo letristas desechables; pero los vates incomparables que sustentaron y aportaron al mejor cancionero popular que se difundiera, fueron auténticos avanzados en cada época y por eso, menos perecederos a la cambiante inclemencia del favor popular.

En esa inteligencia, el criterio de tomar la producción hasta 1950 no lo utilizamos con la poesía en general y muy especialmente  con el soneto lunfardo, donde sí hallamos materiales bien actualizados con una terminología variada y natural, sin artilugios ni rebuscamientos groseros, y de una calidad sorprendente que por darse en la poesía,  es menos apreciada por el gran público que muy poco la concurre.

Y tal vez aquí  vale recordar lo escrito por Jorge Luis Borges por el año 1927:  “el pueblo de Buenos Aires, - nada sospechoso como es de remilgos de casticismo- jamás versificó en esa jerga”: sin duda, una percepción borgiana del lunfardo poco propicia si ya se conocía desde 1916 “Versos Rantifusos”, de Felipe Fernández, “Yacaré”; en 1928 se difundió “Semos Hermanos”, de Dante A.Linyera, en el ’28, “La Crencha Engrasada” de Carlos de la Púa y en 1929, “Chapaleando Barro”, de Celedonio Flores

Y como desde ahí a fin del siglo veinte se difundieron decenas de libros de poesía lunfardesca y muchos, de sugestivo nivel literario, acaso aquello de “no versificar en esa jerga” haya sufrido alguna despótica imposición del tiempo, bien podría justificarse el memorable Borges...



AQUÍ CHAN  CHAN y COMO FINAL DE TANGO.


Es sabido que el inicial cancionero popular de Buenos Aires tuvo precursores como Angel Villoldo, el vocero de los compadritos, lo  nombrara  con acierto José Gobello, y autor de El Porteñito en 1903 y letrista de La Morocha en 1905, muy bien avalaría esa vertiente según la cual el tango llegó a la Argentina desde Andalucía; un criterio que sin duda acepta muchas opiniones… 

Pero “percanta que me amuraste”, la primera frase de Mi Noche Triste que escribiera Pascual Contursi y cantara Carlos Gardel por 1916, prodigó al imaginario de los argentinos un tono lunfardesco y una manera de contarnos que aquel letrista, ni el mismo Gardel, pensarían en su proyección más optimista. 

De verdad otro hubiera sido el resultado si el protagonista de aquel tango procesara la ausencia de su amor diciendo “mujer que  me abandonaste en plena felicidad”, o algo más pulcro y olvidable que lo escrito por Pascual Contursi para trocar al tango en una íntima confesión del porteño. 

Y por eso y a pesar de los exacerbados cantores machistas más las gratuitas y dramáticas cantoras que le actuaron en contra, las letras de los tangos, desparejas o no, sostienen sin duda una cordial vinculación de identidad con el gusto general de todos los argentinos.  

Así que reiteramos: los léxicos coloquiales y gremiales como el slang norteamericano, el cockney londinense y la nutrida giria  brasilera, no arraigaron en su propio medio por carecer del  soporte armado por las canciones populares, la literatura y el teatro en su versión más difundida;  una consecuencia naturalmente divertida que sucedió entre nosotros. 

En virtud de tanto material, - la nutrida poesía lunfarda más lo registrado en letras del cancionero,  sainetes y  ensayos - toda  nuestra cultura ha sido imantada  y fertilizada por las apoyaturas lunfardescas, un referente que más allá de ser apenas un código entre dos para que no se entere un tercero, significa ese “algo” que producen los pueblos para ampliar su comunicación y así parecerse mejor. 

No nos atribuímos aquí ninguna investigación exhaustiva, como es habitual decir, ni ‘gardelear’ divagando con términos científicos  que el mismo tema no requiere, pero la recopilación de material y autores más alguna síntesis que enunciamos, además de abundar sin sumar confusiones bien justifican la tarea Y sin exceder  nuestro optimismo ni hablar de difusos resultados en esta preocupación por nuestra identidad, creemos que entendernos mejor significa bastante.

                                                             Eduardo Pérsico - año 2007.

 

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